Déjame dormir en tu sangre, con la seguridad que eso implica.
Con el caos y la pena de estar tan fuera del mundo
en este orden místico que nos limpia de lo accesorio.
Llévame a la materia de algo distinto,
de descubrir el suelo de tu alcoba
de besarte la piel como a mí mismo
de susurrarte secretos a golpe de corazón.
Tócame con la esperanza de que ya no estés muerta.
La madurez es un metal oxidado que hay que saber tocar
porque corta y porque infecta.
Bésame con el temor de que me veas morir.
Ámame, con el pavor de que te vea yo.
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