Como el dinero encaja cada ilusión misionera en el cuento del deber cumplido sin pena, como que nada más importa que el fin —¿Qué medio? Métete tu medio por en medio y déjame aquí medio triste y medio contento a lo que me entero del vacío que produce tener vacío el recuerdo— no hay más que echarse a morir en una fábrica de algún narcótico, sonriendo.
Yo tardaré el tiempo que me tome diciendo, y gritando, y en secreto, susurrando que la brújula es la seña de la que no se puede estar mucho tiempo distraído ni atraído, hasta que lo logre entender; hasta que me deje ser un poquito más flexible con mis pasos y un poquito más tacaño con el miedo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario