lunes

El verdadero es el peor amor.

Ese amor
que sentimos en las venas,
que nos hace madrugar,
que nos mece por las noches,
que nos tiende de cabeza al sol,
que nos estruja los miedos,
que nos vende y que nos compra.

Ese amor
que llamamos verdadero,
que se va en un año,
que nos deja y se enamora de otro amor
que no nos compra ni una mota de capricho,
que no entendemos
y al que ni hacemos el amor.

Ese amor
no puede ser mejor que el peor,
porque justamente es el más desgraciado,
el abrupto,
el que nos hace conocer los extremos.

Y para mi
que no creo en fantasmas ni enemigos,
que no olvido y que amo eternamente,
no puede resultar más sanguinario el intento de mantenerme pendiente a ti,
cerca de ti y de los tuyos, mi amor verdadero,
que cualquier excusa aprovecho para llamarte e inventarme contigo 3 minutos
una charla forzada sobre el óxido del tiempo, la vagancia y las necesidades laborales.

Somos el tiempo que nos queda,
por eso también somos y no sólo éramos.

Somos el instante en que se abre una herida,
porque al final sólo habremos sido lo que se dejó sentir,
lo que se elevó sobre el calor de siempre,
el drama con que cargo mis insultos,
y el paseo que hice con vos a los museos.

No somos más, amor, que dos gaviotas,
dos gaviotas que una vez, al menos una vez,
se miraron fijamente.

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