Me enferma tu nombre,
tu cara, tu nariz, tu espalda;
Tu forma rara de hablar, tan clara.
Que no dejas espacio a la ciencia,
ni a la inocencia
Que no tienes, en esencia,
consciencia.
Fue difícil no ignorar lo que decías
porque no correspondía a lo que hacías,
y lo que sentías, según tus escritos,
daba por supuesto a tu cerebro extinto.