Te digo, muñeca
tanto tiempo había olvidado tus manos
que sentirlas fue conocerlas de nuevo,
y a la vez, el retumbe de recuerdos muertos de nada
me sacaron la cabeza y el cuerpo
de tiempo y de lugar.
Fueron ganas de respirar por siempre tu olor
lo que sucedió a nuestro encuentro.
Y tus ojos fueron, sin duda,
la perfecta analogía
de un flechazo al corazón.
No puedo negar que estoy en mar abierto
apostando a cuatro vientos,
y teniendo
arriados los veleros.
Como una diosa,
nada malo es tu culpa,
y todo te lo debo a ti.